¿De qué medios disponemos para conseguir que las cosas se vuelvan bellas, atractivas y apetecibles para nosotros cuando no lo son? -y yo creo que en sí mismas no lo son jamás-. En este punto los médicos pueden enseñarnos algo, como por ejemplo, cuando atenúan el amargor de sus drogas poniendo vino y azúcar, pero más todavía los artistas que continuamente están dedicados a este género de invenciones y habilidades. Alejarnos de las cosas hasta no verlas del todo, hasta el punto de que tengamos que poner mucho de nuestra parte para seguir viéndolas, o contemplar las cosas de perfil para no ver más que su contorno, o mirarlas a través de un cristal de color o iluminadas por la claridad del sol poniente, o prestarles una superficie o piel que no tenga transparencia completa, todo eso debemos aprender de los artistas, sin perjuicio de ser más cautos que ellos, pues en ellos esa fuerza sutil que les distingue acaba allí donde termina el arte y empieza la vida.
Mas nosotros queremos ser los poetas de nuestra vida hasta en las cosas más menudas.

Ayer, 16 de julio, hizo cuatro años que lo mataron. En una cafetería de Estambul, su ciudad, a tiros, todo preparado por su familia. Lo que viene siendo una "muerte por honor", porque Ahmet era una deshonra. Tenía 26 años.
Su afrenta consistió en ser homosexual abiertamente. Porque claro, si uno es un polilla y se queda en el armario sin hacer ruido, pues ni tan mal. Pero si uno es tan inconsciente (o tan auténtico) como para vivir lo que es... mal asunto!
No voy a entrar al trapo con el tema islámico, porque aunque parezca imposible, no todo lo árabe es intolerante ni mucho menos. Tampoco voy a meterme en el tema familiar, por muy increíble que me parezca que seas capaz de matar a alguien de tu propia sangre. Sólo quiero que los poquitos lectores que pasen por aquí piensen en él un momento, y en por qué murió.
Hay mucha gente que está en contra del día del Orgullo gay. Afirman que se ha convertido en una fiesta (y no les falta razón en esto) y que ya no hay nada que reivindicar.
Queridos amigos, por cada plumífera que sale en ese desfile pegando botes encima de una carroza a ritmo de Lady Gaga, hay 20 chicos de pueblo que si sus amigos se enteran de que no les gustan las chicas, lo más probable es que se lleven una paliza. Y en este caso no hablamos de pueblos turcos ni mucho menos. Mientras siga existiendo esta posibilidad, este miedo a ser uno mismo, esta opresión por parte de la sociedad... hay que hacer ruido.
Ahmet hacía ruido, era militante de una importante asociación LGTB y luchaba por los derechos de los que, como él, querían ser ellos mismos. Probablemente hacer ruido le costó la vida, así que que nadie me venga a decir que no es necesario.
Descanse en paz.